26/10/2009
Ley de caducidad por siempre
25/07/2008
La última pregunta

“La última pregunta” es un cuento de ciencia ficción de Isaac Asimov que fue publicado por primera vez en 1956. Tiene una extensión de sólo 16 páginas, y es, en opinión de su propio autor, su mejor cuento. Por supuesto, Asimov tenía razón, pero pecó por defecto: no sólo es su mejor cuento, sino también el mejor cuento de ciencia ficción de todos los tiempos. Si usted es un ferviente lector de ciencia ficción, seguramente ya lo haya leído; si aún no lo hizo, debe usted leerlo, pues hasta que no lo haga, su fervor por la ciencia ficción será puro cuento. Puede que la ciencia ficción no sea un género que le atraiga demasiado, o incluso puede que no le guste en absoluto. Si este es el caso, entonces debe usted hacer una excepción: “La última pregunta” es, además de una joya de la ciencia ficción, un diamante en bruto de la literatura toda.
A pesar de esto, no espere recursos literarios sutiles ni belleza estilística alguna: ninguna obra de Asimov se caracteriza por eso. Más bien apróntese a leer un cuento que muestra la increíble imaginación de su autor, pero que a la vez es tremendamente racional; una narración perfectamente estructurada en episodios aislados e independientes, pero que dejan entrever una trama de fondo sumamente profunda y trascendental; una historia con un final inesperado, pero totalmente coherente. Y sobre todo, una obra que desarrolla e hilvana conceptos científicos, tecnológicos, religiosos y filosóficos de índole tan vasta y universal, que cuesta creer que 16 páginas sean suficientes siquiera para presentarlos. Sin embargo, Asimov se las ingenió para esto y mucho más: “La última pregunta” tiene todo lo que necesita tener, y ciertamente no le falta nada. Está escrita en un lenguaje muy sencillo y accesible, y no es necesario tener conocimientos científicos para comprenderla en su totalidad. Y por si todo esto fuera poco, es entretenida.
La trama abarca trillones de años y se divide en siete episodios muy separados en el tiempo. En cada uno de ellos el autor presenta distintos personajes que charlan acerca del remoto fin del universo, cuando la entropía haya alcanzado un nivel máximo y ya no se pueda generar trabajo a partir de la energía existente, pues toda se habrá transformado en calor disipado. Esto, si bien puede sonar demasiado científico, significa que el universo colapsará y llegará a su fin, y todo será un gran caos. No se trata de un invento de la imaginación de Asimov, sino que es lo que predice la segunda ley de la termodinámica, que básicamente indica que la cantidad de entropía del universo aumenta sin cesar. En efecto, la entropía es una medida del desorden o desgaste de un sistema, y el universo entero puede considerarse como un sistema. Basado en estos conceptos, Asimov concibió que los personajes de cada episodio del cuento se plantearan si será posible reconstruir el universo cuando éste llegue a su fin. O sea, si algún día será posible revertir la entropía, o lo que es lo mismo, violar la segunda ley de la termodinámica.
En “La última pregunta”, a lo largo de las eras tecnológicas y la consiguiente evolución de la humanidad, existe un personaje que, si bien no es el mismo en cada episodio, es la evolución de su predecesor: una super-computadora que almacena todos los conocimientos de la humanidad y a la que los hombres de distintas épocas formulan preguntas para resolver los distintos problemas que los aquejan. Así, en el siglo XXI, los hombres le preguntan a esta computadora cómo resolver el problema de la escasez de energía que hay en el mundo, y la computadora encuentra una solución. En otro episodio del cuento, la computadora ha resuelto el problema del viaje interestelar, y en otro, ha solucionado el problema de la vejez y la muerte, de tal modo que los hombres son inmortales. En todos los episodios surge la necesidad, por parte de los hombres, de plantearle a la computadora el problema de la entropía y el remoto pero inevitable fin del universo. Y en todos los casos la respuesta de la computadora es la misma: “datos insuficientes para respuesta significativa”. Pero no es sólo la humanidad la que evoluciona a medida que pasa el tiempo y la computadora la ayuda a resolver sus problemas, sino que la propia computadora también evoluciona. Así, en un episodio se cuenta que la computadora ya no funciona con transistores, sino con válvulas moleculares. Y en otro, que parte de ella se encuentra en el hiperespacio…
Este relato trata sobre todo de la evolución de la humanidad y de la evolución tecnológica, a medida que el tiempo va pasando y el universo se va desgastando. Muchas culturas poseen fábulas acerca del fin del mundo y el universo. Nuestra civilización no es una excepción, y “La última pregunta” es nuestra fábula del fin del universo. Nuestra civilización ha desarrollado la ciencia más que ningún otro pueblo y ha llevado la racionalidad hasta el límite. Esto es lo que se ve reflejado en “La última pregunta”, que, si bien no deja de ser una ficción, nos hace pensar y reflexionar seriamente acerca de nosotros mismos, nuestra tecnología y nuestro lugar en el universo. Y cuando Asimov suelta su imprevisible desenlace de tan sólo ocho palabras, entonces nos obliga a reflexionar y pensar todo de nuevo.
11/05/2008
Génesis

Perdida en el tiempo en que pudo existir,
enterrada en los siglos que tuvo de gloria,
el mundo ha querido olvidar esta historia,
esperando que nunca volviese a surgir.
Los hombres a veces vivieron en paz
y más veces muriéronse como valientes;
quisieron ser dioses, mas fueron sirvientes
de su propio fracaso y orgullo mordaz.
Quedaron sus hijos, al verlos morir,
en un mundo que luego sus nietos forjaron;
y más decadencia sus vidas dejaron,
acechando en los límites del porvenir.
Las eras pasaron y el hombre vivió
heredando culturas de tiempos remotos;
marchó y se extendió por lugares ignotos
y a su espíritu inquieto de a poco alivió.
Por largos senderos perpetuos corrió
para nunca jamás de la muerte alejarse;
mas sí se alejó de esta historia al mojarse
con las aguas del tiempo, que al fin transcurrió.
Tesoros inmensos por siempre olvidó,
entre tanta barbarie que él mismo produjo;
su sueño de ser dios ya no lo sedujo
y una vida mortífera consolidó.
Así como todo lo que se perdió,
del autor de estas líneas no queda ni el nombre;
su fama dejó de existir para el hombre
y en oscuras tinieblas de olvido se hundió.
Le cupo a esta crónica entonces fugar,
y hubo idiomas y pueblos que no la escucharon;
grabadas en piedra, sus frases lucharon,
resistiendo el destierro en oculto lugar.
Pues nadie en el mundo con cuerpo mortal
descifró los misterios que a ellas llevaban;
sus versos, con fe, desde el polvo elevaban
este ruego implacable a quien fuese inmortal:
«¡Oíd, venturosos, el canto sutil
que perturba hasta el alma con su melodía,
hurgando en la mente de noche y de día,
hechizando al más joven, o ya al más senil!
¿Por qué no creáis una senda hacia mí,
que a través de los tiempos y pueblos perdure,
y cuando ya nadie lo piense ni augure
a mi hallazgo conduzca, si está escrito así?
¡Oh, dioses augustos, estéis donde estéis,
conservad, por lo menos, en vuestra memoria,
recuerdos que otorguen la dulce victoria
a mis versos fugaces, si así lo queréis!
Si bien a mis letras quisiera yo ver
floreciendo en los campos de tiempos distantes,
no importa si muero en muy breves instantes...
¡pero dadme la gloria que alcanzo a entrever!»
Así finaliza esta súplica audaz,
dedicada a los dioses en días pasados;
sus ecos no fueron jamás escuchados,
pues a nadie alcanzó su cadencia tenaz.
Palabras escritas de modo formal
dispersáronse en pos de un deseo ambicioso;
lo cierto es que el ruego era muy pretencioso
para ser concedido en un lapso normal.
Tal fue por centurias la grave opinión
que las mentes divinas tuvieron del caso;
¿cómo era posible que un hombre en su ocaso
se atreviese a plantear tan sagaz petición?
¿Acaso a la muerte quería eludir,
retornando a este mundo en un día futuro,
o sólo añoraba el recuerdo más puro
para cada poema que supo escribir?
Pensando en la duda que el hábil autor
erigiera con versos en días lejanos,
los dioses trazaron con hábiles manos
el camino a seguir por aquel escritor.
Y fueron sus versos un himno fatal,
cuyo canto implicó el nacimiento de todo;
el plan de los dioses se dio de tal modo
que surgió de la nada una luz inmortal.
10/05/2008
Musas errantes

Cuando las Musas traicionan sus dulces promesas
y marchan es pos de un oculto designio,
dejándome solo,
sin bellos conceptos que alumbren mi mente,
entonces, ausente,
y al fin, derrotado,
sucumbo a recuerdos de tiempos pasados,
que acechan ocultos tras vanas memorias,
y arrasan así con futuros poemas.
¡Oh Musas errantes! Vuelvan a mí,
pues ya no puedo vivir de recuerdos...
13/04/2008
La Patria Grande - Capítulo 5
Él tenía sus ojos fijos en Marlene, tenso y expectante; ella parecía estudiar la guarda de la alfombra que se hallaba al lado de sus pies. Él la miró a los ojos, con curiosidad creciente y una fuerte sensación de incertidumbre; ella torció un poco la cabeza y comenzó a observarlo en detalle, sin detenerse demasiado tiempo en ningún punto de su figura. Él permanecía sin parpadear y sin moverse en absoluto; entonces ella, con el ceño apenas fruncido, posó sus ojos en los de él.
Fue aquel el duelo de miradas más intenso que había tenido John en su vida, y a la vez el más inquietante, pues presentía que algo único y memorable estaba a punto de ocurrirle. Aunque al principio ninguno daba señales de ceder ante el otro, lo cierto es que él no estaba preparado para oponerse a una voluntad tan férrea como la que emanaba de los ojos inquisidores y terribles de ella. En determinado momento, tuvo la impresión de que esos ojos se acercaban poco a poco a los suyos, y sin embargo no notaba que el rostro del que formaban parte estuviera moviéndose hacia él. Cada vez más próximos, abarcaban casi todo su campo de visión, y ya no pudo pensar en otra cosa más que en ellos. Entonces ella entornó suavemente sus párpados, y cuando apenas un instante después los levantó, John observó aterrorizado que allí ya no había ojos humanos, sino un par de córneas negras y brillosas, cuya contemplación le resultó espeluznante. El iris y la pupila habían desaparecido por completo, pero a pesar de esto, él sabía que esos ojos lo estaban vigilando constantemente y que de ellos irradiaba un poder tremendo. Se daba cuenta de que sus reacciones habían sido anuladas previo a que le fuera concedido ver el verdadero aspecto del ser que tenía delante suyo, y pensó que de no haber sido así, o bien ya hubiese huido, o bien ya se hubiese desmayado del miedo.
Y de pronto sintió que perdía la noción de la realidad y que se desplazaba hacia el interior de los ojos inmensos que tenía enfrente, al mismo tiempo que éstos lo envolvían en un manto de negrura impenetrable. El pánico lo dominó por completo, y John vagó por terrenos ignotos, siguiendo sendas que lo llevaron más allá de la consciencia, y ya no supo más.
09/04/2008
La Patria Grande - Capítulo 4
—Nueva voz reconocida: Licenciado John McKenzie. Bienvenido a la cabaña número diecisiete del Campus de Malvín de la Universidad de la República Oriental del Uruguay. Soy la interfaz de comunicación de esta vivienda y mi nombre de fábrica es Bernardina-FR-d-RIV, aunque puedes dirigirte a mí simplemente como “Computadora”. Mi misión es brindarte el máximo confort durante tu estadía y ejecutar todas las órdenes que me brindes, siempre y cuando sean compatibles con mi misión y no violen ni las leyes vigentes ni las directivas de seguridad de la universidad. Estoy capacitada para comunicarme en todos los idiomas de la galaxia, aunque únicamente reconoceré órdenes expresadas con tu patrón de voz. ¿Deseas proceder con la configuración básica de esta vivienda?
Luego de un momento de asombro, John indicó:
—No, gracias. Deseo conseguir un par de cubos de hielo para servirme un whisky. ¿Qué debo hacer?
—Por favor, coloca el vaso en el dispensador de alimentos.
Así lo hizo John, y enseguida se materializaron dos cubos de hielo en el vaso. Después de observarlos con cuidado, como si quisiera comprobar que esos cubos realmente eran de hielo, se sirvió una considerable medida de whisky, y vaso en mano, tal como era su costumbre, se dejó caer sobre un cómodo sillón.
Se despertó sobresaltado, escuchando una llamada de la computadora que le anunciaba que había alguien en la puerta.
—¿Quién es? —gritó.
—La profesora adjunta Marlene Carretto se encuentra frente a la puerta de entrada —respondió la computadora—. ¿Desea acceder a su petición de ingresar en la vivienda o, por el contrario, desea negarle la entrada?
—Que pase —dijo John, desperezándose.
—¡Hola, John! —saludó Marlene—. Veo que descansaste.
—Sí, tal vez un poco de más… Creo que debería lavarme la cara y estar presentable para cuando llegue el viejo Notari.
—No sé si eso le importe demasiado a Notari —opinó Marlene—. Le va a importar mucho más que lo convides con varios whiskies y, claro, que tu doctorado no sea candidato a ser anulado por la agencia.
—¿La agencia? —se asustó John—. ¿Qué agencia?
—No sé el nombre oficial, pero es una dependencia del ministerio de educación que se encarga de controlar los programas de postgrado de todas las universidades de la galaxia. Esto significa…
—Significa que controlan lo que cada estudiante puede estudiar, y que censuran los temas que el gobierno considera “delicados” —finalizó John, haciendo un gesto para indicar las comillas.
—Así es. Y Notari los detesta, porque todavía se acuerda de cuando él era joven y existía una libertad académica total. El viejo odia cuando le rebotan un proyecto, y por orgullo, prefiere censurarlo él mismo antes que enviarlo a la agencia y que se lo rechacen.
—Entiendo… Pero creí que mi doctorado ya había sido aprobado por Notari —señaló John.
—En líneas generales, sí —dijo Marlene en voz baja—. El tema es determinar el alcance y la profundidad de la investigación de campo que hagas.
Ante la cara de incomprensión total que puso John, Marlene explicó:
—Tu doctorado tiene por título “Génesis histórica de la Patria Grande”. Coincidirás conmigo en que es un título por demás general.
—Sí —asintió John.
—Y en tu proyecto de doctorado, si mal no recuerdo, dices que el principal objetivo de tu investigación será determinar cuáles fueron las causas y factores históricos preponderantes que dieron cabida al surgimiento de la Patria Grande, tal como la conocemos hoy.
—¿Leíste mi proyecto? —preguntó John, curioso.
—No sólo lo leí, sino que además se lo recomendé a Notari, antes de pasárselo para que lo evaluara. —Y añadió enseguida: —Como asistente de Notari, a veces tengo que hacer parte de su trabajo.
—Ya veo… Bien, ¿y qué hay con mi proyecto? En los documentos que presenté dice claramente que aún no tengo idea de qué es lo que voy a hacer luego del segundo año, pues todo dependerá de los resultados que vaya obteniendo desde el principio. Además, me esforcé en demostrar una secuencia lógica entre los resultados que obtuve en mi licenciatura y lo que me propongo hacer en el doctorado.
—El problema es el siguiente, John: en el ministerio no quieren que se publique nada acerca de lo que aquí llamamos “período imperial expansivo”, que no es otra cosa que el lapso de treinta años que transcurrió entre la fundación de la Patria Grande y su consolidación a nivel galáctico. No importa los argumentos que des, ni cómo los presentes. Ahí hay un muro insoslayable, imposible de eludir.
—Pero es precisamente lo que tenía en mente —se lamentó John, aún sin salir de su asombro—. Es lo que le apasiona a cualquier historiador moderno.
—Ya lo sé —dijo Marlene, comprensiva—. También esa es mi meta, aunque con un enfoque muy distinto al tuyo. Lo increíble de todo esto —agregó—, es que la agencia censura los proyectos que considera peligrosos para la seguridad galáctica antes de que éstos se pongan en marcha, y no después, lo que en la práctica quiere decir…
—…que pasando el filtro de la agencia, después podemos investigar lo que se nos ocurra —interrumpió John algo más tranquilo.
—Algo así —dijo Marlene. Y entonces la computadora anunció al profesor Piero Notari.
—Que pase —dijo John.
En el umbral apareció el viejo más feo que John hubiese visto jamás. Su cara estaba totalmente arrugada, llena de lunares y verrugas de todo tipo y tamaño, y su mirada parecía perderse en la contemplación de verdades etéreas invisibles al resto de los mortales. Era bajo y enclenque y daba una gran impresión de fragilidad, acentuada por su espalda encorvada y sus hombros torcidos. Vestía de manera elegante pero anticuada, y se apoyaba en un bastón que parecía ser aún más viejo que él.
—Ah, licenciado McKenzie —dijo Notari con una voz cascada y casi inaudible mientras se acercaba—. Encantado de conocerle al fin—. Y le presentó unos labios finos, babosos y paspados que John no tuvo más remedio que besar por pura cortesía.
—El que está encantado soy yo, profesor —se las arregló para decir John—. ¿Desea algo de tomar? Tengo whisky escocés del mejor —ofreció.
—No pienso rechazar semejante ofrecimiento, joven, por más que los doctores insistan en que no debo tomar más bebidas alcohólicas. Fíjese que a esta altura de mi vida, no voy a empezar a hacerles caso—. Entonces, cuando John se alejaba un poco para pedirle tres whiskies a la computadora, notó la presencia de Marlene y la saludó efusivamente: —Ah, Marlene querida, ¿cómo estás?—. Y también la besó en los labios—. Dime, ¿le has contado a nuestro joven escocés acerca de mis amigos de la agencia?
—Sí lo hizo —respondió John por ella, mientras servía los whiskies. Cuando concluyó, dijo: —Señores: sentémonos en los sillones y pongámonos cómodos para disfrutar del mejor whisky de la galaxia. Luego veremos esos otros detalles.
Tal como era de esperar, los detalles eran el tema más importante de la reunión, que entre whisky y whisky duró más de una hora. Finalmente acordaron presentar el proyecto de doctorado de John con unas cuantas modificaciones, las cuales daban a entender que el trabajo se centraría más que nada en los sucesos históricamente relevantes del Uruguay primitivo y en su evolución histórica hasta la fundación de la Patria Grande en marzo de 2300. Nada se mencionaría acerca de los acontecimientos posteriores a esa fecha, cuyo estudio era en realidad lo que más anhelaba John.
—Bien, me marcho —manifestó Notari, vaciando su último vaso de whisky y levantándose con esfuerzo del sillón.
—Profesor —lo atajó John—, antes de que se vaya, quisiera asignarle una clave para que tuviera permiso de abrir la puerta de mi cabaña.
—Ah, eso. Bien, joven, le cuento que si muchos estudiantes me asignaran sus respectivas claves, y todas éstas fueran distintas, jamás recordaría ninguna. Así que por facilidad, utilizo solamente una clave para todos los estudiantes. ¿Está de acuerdo con que sea así?
John dudó:
—¿Pero eso no significa que cualquier estudiante sabrá mi clave, dado que será la misma para todos?
—Así es, joven, pero recuerde que sólo la persona por usted designada podrá utilizar dicha clave, y esa persona no será nadie más que yo.
—Tiene razón, profesor. ¿Cuál es la clave?
—Chorizos al vino blanco.
—¿Cómo? —preguntó John.
—La clave es “chorizos al vino blanco”, joven. No la olvide, así luego me la asigna. Lo espero mañana a las nueve en mi clase de siglo veinte. Hasta mañana—. Y mirando a Marlene: —Adiós, querida.
Luego de los ritos de despedida, y cuando la puerta se hubo cerrado detrás del profesor, John exclamó:
—¡Pero qué viejo más espantoso! No sé si no es el más feo que vi en toda mi vida.
—Te dije que era feo, aunque es simpático —añadió Marlene—. A mí me cae bien; es muy amable y correcto, y además es un historiador fuera de serie. Tal vez sea el mejor historiador de este siglo.
—¿Será para tanto?
—Dicen que sí —aseveró Marlene—; que el viejo no se muere porque todavía tiene unas cosas por publicar.
Luego de una pausa, John preguntó:
—¿Qué haces? ¿Te quedas?
02/12/2007
La Patria Grande - Capítulo 3
Marlene conversó brevemente con el funcionario de la aduana, y al cabo de unas sonrisas seductoras, acompañadas de una pose que invitaba a imaginarse las zonas de su cuerpo que su atuendo escondía y su pronunciado escote insinuaba, volvió con la noticia de que todo había ido bien.
—¿Pero dónde está mi equipaje? —preguntó John.
—Arreglé para que lo enviaran directamente a tu dormitorio —fue la respuesta. —Tu nuevo hogar queda a un par de kilómetros de aquí. ¿Te gusta caminar?
»¡Cómo decirte que no! —se dijo John para sus adentros. Y contestó en voz alta: —Sí, claro.
Abandonaron el edificio de la terminal y salieron a un hermoso parque que se extendía, tanto al este como al oeste, hasta donde la vista podía abarcar, y que hacia el sur llegaba hasta una playa desierta, cuyas arenas blancas daban paso a las tranquilas aguas turquesa del Río de la Plata. El parque estaba repleto de árboles de varias especies, que de cuando en cuando formaban bosquecillos en los que se vislumbraba algún tímido cervatillo, y había largos y laberínticos senderos de piedras blancas que lo atravesaban en todas direcciones, serpenteando sobre la hierba más verde que John hubiese visto en su vida. Entre puente y puente, un arroyo de aguas cristalinas fluía hacia el este y luego viraba hacia el sur, en donde se perdía entre altos médanos que ocultaban su desembocadura en el mar. Antiguos bancos de madera y faroles muy pintorescos podían verse a ambos lados de los senderos, y cerca de ellos, en algún claro ocasional, se divisaban mesas rodeadas de sillas, con un parrillero a su lado. Era de mañana y el sol aún no brillaba en todo su esplendor, pero cuando la agradable brisa amainaba, el calor se dejaba sentir. El aire estaba impregnado de un aroma natural, suave y exquisito, y a lo lejos se dejaba oír el gorjeo de distintos pájaros, armónico y bello, en perfecta combinación con el paisaje.
—Este es el campus de Malvín —dijo Marlene tomando por un sendero—. Es el parque más antiguo de la Universidad de la República, aunque fue inaugurado recién a principios de este siglo. Antes no era un parque sino la sede del edificio de la facultad de ciencias, y antes aún, en la segunda mitad del siglo veinte, sólo era una proyectada villa universitaria que nunca se terminaba de construir. Según documentos de la universidad, en un principio el predio abarcaba como máximo cinco o seis hectáreas. Con el tiempo la facultad fue adquiriendo los terrenos linderos, y los distintos gobiernos de turno fueron agregándole hectáreas por decreto, hasta dejarla convertida en lo que es hoy. Todo este parque era una zona densamente poblada, hasta que siglos atrás…
»La gente cree que por el mero hecho de ser historiador tengo la obligación de estar interesado en cualquier pelotudez histórica —pensó John. Sin embargo, cuando finalizó la pormenorizada explicación de la cual era víctima, manifestó lentamente: —Creo haber leído que cuando se inauguró la facultad de ciencias, este era un barrio muy pobre de la antigua Montevideo, bastante violento y en el que había mucha delincuencia.
—Sí, es cierto —corroboró Marlene sin necesidad—. Incluso llegaron a asesinar a algunos estudiantes para robarles unas pocas monedas. En segundo año tuve que hacer una investigación de eso y encontré…
La mente de John dejó de prestar atención a lo que decía Marlene y se refugió en los recovecos de una grata y profunda reflexión acerca del grandioso paisaje, que fue interrumpida varias veces por consideraciones relativas al aún más grandioso cuerpo de Marlene. Acabó concluyendo que por más armonioso y magnificente que fuera el parque que contemplaban sus ojos, siempre iba a preferir los paisajes escoceses, y que por más hermosas y despampanantes que fueran algunas mujeres escocesas que había conocido, siempre iba a preferir hacerse ilusiones con Marlene y soñar con algún hipotético y futuro encuentro amoroso. Estaba embelesado con esta mujer que, además de ser hermosa y tremendamente seductora, ya había mostrado tener un gran sentido del humor. Sin dudas tenía una gran personalidad, y por si esto fuera poco, a juzgar por lo que estaba diciendo, parecía ser muy inteligente.
Caminaron durante media hora, y John casi no habló, salvo para responder con monosílabos mientras pensaba en otras cosas. Al fin, tuvo lugar el silencio que estaba esperando, y le dijo directamente a Marlene:
—Cambiando de tema, voy a ser sincero contigo: cuando me dijiste que ibas a ser mi compañera de doctorado, el asunto no me gustó para nada. Por supuesto, no era nada personal; es que la sola idea de mudarme al otro lado del mundo me tenía preocupado y bastante ofuscado. Imagínate al enterarme de que encima iba a tener que compartir el doctorado con alguien más. No es que eso me haya molestado demasiado —mintió John—, sino que no es lo que había arreglado. A pesar de todo, tengo que reconocer que luego de los pocos minutos que hemos pasado juntos, ya nada de eso me importa, porque no se me ocurre ninguna situación en la que haya podido tener más suerte que esta. —Y para evitar malentendidos, añadió rápidamente: —Quiero decir, que de todos los posibles compañeros que pude haber tenido, jamás habría siquiera soñado con alguien como tú. Realmente, estoy encantado de conocerte, y deseo sinceramente que nos llevemos bien y trabajemos de la mejor manera. He dicho.
—A mí también me complace tenerte como compañero, John —dijo Marlene —. Y acepto ese whisky del que me hablabas hace un rato…
—Ya verás que no existe whisky que se le compare, y no te vas a arrepentir de haber aceptado mi invitación. Aunque pensándolo bien, aún es demasiado temprano para beber whisky. Si te parece, lo dejamos para luego de la cena.
—Me parece bien. Ya casi llegamos; tu casa queda frente a la costa, luego del próximo recodo del camino. Es una cabaña de estilo antiguo, equipada con todas las comodidades modernas. A todos los estudiantes de doctorado nos dan una igual.
—¿Tú vives por aquí? —inquirió John, esperando obtener una respuesta afirmativa.
—Sí, somos vecinos. En realidad, mi cabaña está a un lado de la tuya. A los estudiantes de historia nos ubican siempre juntos, sobre camino Italia, en una zona que vaya a saber por qué, se conoce como Portones. Mira, ya se ven las cabañas.
A lo lejos, dentro de un tupido bosque de pinos y eucaliptus, John divisó varias cabañas con techo a dos aguas, de dos pisos y aspecto rústico. Las paredes eran de madera y los techos estaban cubiertos de extrañas tejas curvadas color ladrillo. Era una bella vista, y John se alegró sinceramente, pues este sería su hogar durante los próximos años.
—Bien —dijo Marlene cuando llegaron a una cabaña que tenía un diecisiete tallado en la puerta y que, salvo ese detalle numérico, en nada se diferenciaba de las demás—. Esta es tu casa, y la mía es la que está a la izquierda. La puerta se abre con tu chip, y si necesitas que alguien más la abra por algún motivo en especial, entonces debes programar una clave específica y asignársela a la persona que designes. Esta persona puede ser cualquiera, pero te recomiendo que le des la clave al viejo Notari. También puedes crear un par de claves adicionales y asignárselas a quien quieras, aunque esta decisión depende únicamente de ti. ¿Has entendido bien?
—Sí, muchas gracias por toda la información, Marlene.
—De nada, John. Nos vemos esta tarde. Notari llega a las cinco menos cuarto, y yo cinco minutos antes.
08/10/2007
La Patria Grande - Capítulo 2
Al cabo de unos minutos, una mujer de hermosura cautivante y curvas exuberantes, que tendría a lo sumo veinticuatro años, se acercó decididamente a John, y sin dejar de ver la pantalla de su localizador, le preguntó:
—¿Licenciado John McKenzie?
—Sí —balbuceó John al cabo de unos segundos, gratamente admirado—. Encantado de conocerte.
La mujer levantó la cabeza, lo miró, dio unos pasos y lo saludó, rozando sus labios con los de él. Enseguida se alejó unos centímetros, y dijo:
—El placer es mío. Soy la profesora adjunta Marlene Carretto, y te doy la bienvenida a Montevideo. Aunque no te lo dijeron —comenzó a explicar—, nos asignaron el mismo tutor de doctorado y seremos compañeros durante los próximos años.
»¡Qué bien! —pensó John, mientras la miraba detenidamente—. Aunque no era el arreglo que tenía con el viejo choto de Notari, realmente no me importa porque esta mujer está para paladearla como al mejor whisky de Escocia. Este doctorado promete… —¿Sí, perdón? —preguntó John, cerrando su boca y volviendo a la realidad.
—Que me sigas, por favor. —Y añadió: —¿Traes equipaje?
—Sí —respondió John, mientras ambos emprendían la marcha—, tres paquetes bastante grandes, uno de ellos con algunas cosas que no declaré en la aduana. —Luego de una pausa casi imperceptible, inquirió cortésmente: —Supongo que no habrá problema, ¿verdad?
—Depende de lo que traigas, licenciado…
—Pues son unas cuantas botellas de “single malt” —dijo John con orgullo—.
—Discúlpame, pero no sé qué es eso —expresó la profesora con un dejo de preocupación—. Si es algo…
—No te preocupes, profesora —interrumpió John—. Es whisky escocés del mejor. —Y aclaró: —Pensé que si lo declaraba, iba a tener que hacer trámites interminables y pagar impuestos algo elevados.
—Sin duda has razonado correctamente, licenciado —aseveró Marlene Carretto—. Por suerte conozco a los de la aduana de la terminal universitaria, y no creo que haya problema —dijo pensativamente—. ¿Cuántas botellas traes?
—Veintitrés —fue la contundente respuesta—.
—¡Qué barbaridad! —exclamó la profesora. —¿Y tú solo te vas a tomar todo ese whisky?
—A decir verdad —señaló John—, hay tres botellas con whisky de menor calidad para los tipos de la aduana. —Y agregó fanfarrón: —Las otras veinte sí son para mí, aunque convidaría gustoso a algún compañero de doctorado, si se presentase la ocasión adecuada.
A Marlene Carretto no le pasó inadvertido este comentario tan poco sutil, pero acostumbrada a recibir todo tipo de invitaciones absurdas y proposiciones fuera de lugar, contuvo una sonrisa y replicó con sorna:
—Seguramente esa ocasión se presente esta tarde, cuando el profesor Piero Notari te visite en tu habitación. Como sabes, él es el encargado de relaciones públicas de la cátedra de historia, y no sé si te dijo que acostumbra dar una bienvenida personal a todos los estudiantes de doctorado.
—Pero, profesora —dijo John poniéndose pesado—, él no es nuestro compañero de doctorado, así que no veo por qué tendría que convidarlo con whisky. En cambio, si tú desearas…
—Mira, John —lo cortó en seco la profesora Marlene Carretto—. Te estás poniendo un poco espeso, ¿no crees? Sólo para que te quede claro, te cuento que esta tarde, cuando el profesor Notari vaya a darte la bienvenida, yo voy a ir con él. Ahí tienes la ocasión que buscabas para convidarme con un whisky.
—Faltaba más, Marlene, pero no tienes por qué venir también. Alcanza con que me hayas venido a buscar aquí y hayas tenido que escucharme… Te pido disculpas.
—No te preocupes, John —dijo Marlene condescendientemente—. Verás, es que el profesor Piero Notari es… —hizo una pausa extremadamente larga y alzó su mano izquierda para que John viera un anillo.
—¿Tu esposo? —preguntó John con más terror que vergüenza.
—Esta es la oficina de la aduana —dijo Marlene con tono seco, señalando una ventanilla—. Déjame hablar a mí, pórtate bien, y no, ese viejo espantoso no es mi esposo —acotó entre carcajadas que no podía contener.
—Muy graciosa —dijo John—. Pero supongo que me lo merezco.
—Ciertamente. —Y pasó a explicar: —Este anillo no es una alianza, sino un regalo de mi madre. Con respecto a Notari, no soy su esposa, aunque trabajo para él: soy su asistente.
La Patria Grande - Capítulo 1
Montevideo era un conglomerado de antiguas ciudades que se extendía a lo largo de la costa oriental sudamericana, desde la helada Tierra del Fuego en el sur hasta el cálido y seco sector de Río de Janeiro en el norte. En su punto máximo la ciudad se internaba unos mil trescientos quilómetros tierra adentro, aunque en promedio no se alejaba de la costa más que treinta quilómetros. Era por lejos la zona urbana más grande de la galaxia, así como también la más densamente poblada. Pero más allá de los detalles geográficos, era nada más ni nada menos que la Gran Sede Imperial, y por lo tanto, el centro de poder desde el cual se supervisaban todas las actividades políticas, administrativas y comerciales del imperio.
John McKenzie deseaba hacer su investigación de campo allí, pero solamente su investigación de campo; el resto del doctorado prefería hacerlo en Cambridge, disfrutando de sus cómodas instalaciones y sus espectaculares bibliotecas, viajando ocasionalmente para consultar algún documento y entrevistarse con algún erudito. Empero, su solicitud para llevar a cabo la investigación de este modo había sido rechazada por el profesor Piero Notari, un catedrático de Montevideo, quien en contrapartida lo invitaba a cursar todo el doctorado en la Facultad de Humanidades de la Universidad de la República Oriental del Uruguay.
Apenas terminó de leer, John tiró la carta sobre la mesa con cara de fastidio, y le comentó a su hermano Steven, de veintitrés años:
—Lo que me temía. Parece que estos inútiles quieren que me vaya a vivir al otro lado del mundo durante los próximos años. —Y adoptó un gesto huraño.
—Pero no entiendo… ¿Por qué es tan importante, según ellos, que hagas el doctorado completo allá? —preguntó Steven.
—El tipo este no me da ninguna razón —contestó John—. Simplemente dice que lamenta profundamente que no haya motivos para acceder a mi petición, y enseguida procede a despedirse protocolarmente, quedando a mis órdenes para cualquier consulta que pueda surgir, etcétera, etcétera. —Y agregó con un dejo de rabia: —¡Viejo choto!
—Entonces —sentenció pragmáticamente Steven—, no vas a tener más remedio que ir.
—Brillante deducción, querido Steven —expresó John con sarcasmo. Y añadió con resignación: —Parece que esa es mi única opción, así que voy a contestar esta carta aceptando el puesto que me ofrecen.
—Otro escocés más que se marcha de estas hermosas tierras —dijo melancólicamente Steven—. Somos cada vez menos los que nos quedamos a vivir aquí.
—Te prometo que pase lo que pase, voy a volver a esta casa —argumentó John con optimismo—, pues jamás llegará el día en que un McKenzie de los nuestros muera fuera de Escocia.
—No seas zopenco, John —repuso Steven—. Si el tío Ronald no tuvo mejor idea que ir a morirse a Gales…
—Pero ese señor no era un McKenzie de los nuestros, Steven. Nunca olvides ese detalle.
Luego de una pausa, John adoptó un gesto de alarma y preocupación, y comentó:
—Lo peor de todo es que, según he averiguado, en Montevideo es imposible conseguir whisky decente. —Y con sincera cara de asco, exclamó: —¡Esos tipos toman únicamente whisky “blended”!
—¡Ja! Eso sí que sería un problema grave —se rió Steven—, si no fuera por cierta relación comercial que he entablado recientemente. —En este punto, su rostro adoptó un gesto pícaro y dijo: —Supongo que no me será muy difícil hacerte llegar unas cuantas botellas periódicamente.
—¿Cómo es eso?, —inquirió John con interés—. ¿Desde cuándo es que tienes contactos tan importantes?
—Digamos que he conocido a una mujer encantadora que está en el negocio del whisky, y que no tendría problema ninguno en obsequiarme unas cuantas botellas, si yo se lo pidiera muy especialmente.
—Ay, Steven… ¿Otra vez aprovechándote de alguna ricachona de más de cincuenta años?
—Para nada —se defendió al instante Steven—. Hace semanas que estoy pensando en iniciar una relación seria con Eli. Esta vez la cosa viene seria, y sólo tiene veinticinco años. Me gustaría mucho que la conocieras antes de marcharte, John.
—Por supuesto, hermanito. Será un honor, aunque tengo que verlo para creerlo…
31/08/2007
La Patria Grande - Prólogo
A fines del siglo XXIII, pocos años antes del surgimiento de la Patria Grande, Uruguay no era un país pobre, pero distaba mucho de ser una nación tomada en serio por el resto del mundo, pues casi nadie conocía su existencia. Si algún extranjero había escuchado alguna vez la palabra “Uruguay”, probablemente pensara que era un sinónimo de Paraguay, o que se trataba de una provincia de la Argentina, por lo que la historia y costumbres uruguayas permanecieron ocultas al resto del mundo por varios siglos. Además, se estima que desde mediados del siglo XX los uruguayos habían elegido vivir sin preocuparse demasiado por los grandes cambios que se daban a nivel mundial, y sin tener la más mínima participación en ellos. Por lo tanto, no es de extrañar que a comienzos del siglo XXIV la humanidad se viera sorprendida por los sucesos más inesperados de todos los tiempos, que duraron sólo treinta años, y luego de los cuales quedara establecida la Patria Grande de manera definitiva.
Para comprender los hechos a fondo, es necesario remontarse unos cuatro siglos atrás, hasta mediados del siglo XX, época inmediatamente posterior al comienzo de la Era Atómica. Los datos muestran que desde esas fechas, y durante todo el siglo XXI, Uruguay no ofreció oportunidades de crecimiento personal y económico a su población más joven. En consecuencia, muchos uruguayos emigraron, en busca de un mejor futuro. Así, lenta y paulatinamente, Uruguay se fue convirtiendo en un país decrépito, hasta que en cierto momento se alcanzó un punto crítico.
Los historiadores fijan este punto crítico en el año 2092, cuando Uruguay se convirtió en la única nación de la Tierra y las Colonias Espaciales cuya economía se seguía basando en la exportación de materias primas, en este caso productos agropecuarios. Como es sabido, esta política lo llevó definitivamente a la bancarrota, y se creyó que solamente faltaba que la Argentina lo anexara como una más de sus provincias. Sin embargo, a pesar del tradicional deseo imperialista argentino de influir y dominar a sus países vecinos, esto no ocurrió con Uruguay, cuestión que aún hoy permanece sin explicación.
Hacia 2100, el país se había vuelto tan inviable y sus condiciones de vida se habían tornado tan pésimas, que sus autoridades, para evitar la catástrofe, se vieron obligadas a replantear su economía. Fue así que el gobierno consumió sus últimas divisas en la construcción de cientos de mega-asilos, con el ánimo de albergar tanto a su población anciana como a la de los países vecinos, cuyos gobiernos no sabían qué hacer con los ciudadanos de más de ochenta años. La idea era cobrar precios muy razonables a las demás naciones de la región y que estos ingresos ayudaran a paliar la terrible crisis económica en que se hallaba sumergido el país. Para poder llevar a buen puerto este proyecto, el entonces presidente Dr. Michael Arístides López-Batlle promovió cambios legales profundos relativos a la eutanasia, la propiedad privada y los derechos humanos de los adultos mayores. La iniciativa tuvo muy buena acogida en Brasil y Argentina, y pronto se extendió con gran éxito al resto de los países sudamericanos, dado que los ancianos representaban un esfuerzo enorme para sus economías. Los servicios geriátricos ofrecidos por Uruguay eran muy convenientes, pues a un país le resultaba más caro mantener sistemas de pensión y retiro que deshacerse de casi todos sus ancianos, que no eran ciudadanos rentables desde el punto de vista económico. El negocio requería de profundos cambios legislativos en cada nación, pero las ventajas que podían derivarse de estos cambios bien valían la pena.
Esto resulta aún más claro si se tienen en cuenta ciertos factores de la situación económico-social internacional de aquel entonces. En efecto, Sudamérica entera competía con el sudeste asiático en desventaja, dado que allí no existían ancianos que representasen una carga para la economía. Hacia 2080, en esa región del mundo se había comenzado a utilizar la eutanasia como excusa para eliminar de forma masiva e indiscriminada a millones de ancianos que no resultaban útiles a la economía. Esta práctica, sumada a los grandes avances de la medicina, se extendió de tal modo que terminó por estandarizarse, hasta que finalmente fueron abolidos los sistemas de pensión y retiro: la gente sencillamente trabajaba hasta que se moría. Y este gran ahorro le otorgó a esas potencias asiáticas una ventaja competitiva decisiva en el mercado internacional, imposible de contrarrestar por parte de Sudamérica, pues la mayoría de su clase dirigente, -de tendencia conservadora y católica-, no estaba muy convencida de que el exterminio masivo de seres humanos, con fines exclusivamente económicos, fuese algo bueno a los ojos de Dios. Por todas estas razones, los servicios geriátricos ofrecidos por Uruguay fueron la solución ideal para todas las partes.
Llegado el año 2120, los servicios geriátricos uruguayos ya generaban más divisas que la exportación de productos agropecuarios, y hacia 2150 el país se consolidó como el primer centro geriátrico de la Tierra y las Colonias Espaciales, con una población de 456 millones de habitantes, casi todos de más de setenta y cinco años.
Cuando otros países vieron el negocio que representaba hacerse cargo de los ancianos de otros países, ya era demasiado tarde, pues Uruguay llevaba décadas en el negocio. Así, aunque el país tuvo competidores fuertes, lo cierto es que ninguna otra nación disponía de una infraestructura semejante, por lo que fue capaz de ofrecer mejores servicios a precios más bajos. Además, los gobiernos del resto de los países de la Tierra y de las Colonias Espaciales estaban dedicados a otros menesteres que consumían sus esfuerzos. A saber, África entera estaba trabajando muy duro con el objetivo de salir del subdesarrollo, y estaba a punto de lograrlo; Europa, China, Rusia, Japón, Corea, India, Pakistán, Israel, Australia, Nueva Zelanda, toda América Central, Colombia, Estados Unidos y Canadá estaban dedicados de lleno a la conquista espacial, que requería inversiones y esfuerzos astronómicos; las Colonias Espaciales se habían unido y habían fundado la Federación Estelar en 2133, cuyo cometido principal era independizarse de los países de la Tierra; los países de la Liga Árabe mejoraban crecientemente en todos los aspectos, gracias a la justa y eficiente conducción de sus gobernantes y autoridades religiosas, y sus planes estaban enfocados únicamente en estas cuestiones; los países del sudeste asiático no merecen mayores comentarios, salvo por su fortísimo poder económico; Sudamérica ofrecía bienes y servicios a las potencias de la Tierra, pero esta oferta chocaba precisamente contra los países del sudeste asiático, como ya se explicó previamente; y finalmente, el resto del planeta se encontraba enfrascado en asuntos cotidianos y domésticos de importancia nula para el análisis histórico que estamos abordando.
En 2157 sobrevino la Primer Guerra Estelar, un conflicto bélico de dimensiones apocalípticas que duró veintidós años y enfrentó a las potencias de la Tierra con la Federación Estelar, y que finalizó en 2179. La Primer Guerra Estelar tuvo cuatro consecuencias fundamentales:
- Surgieron en las potencias de la Tierra grandes avances tecnológicos en lo que respecta a viajes espaciales, hecho que permitió la victoria decisiva de estas potencias.
- Económicamente, la guerra arruinó tanto a derrotados como a vencedores.
- El conflicto provocó la muerte de más de cuatrocientos millones de seres humanos.
- Además, dejó más de setenta y cinco millones de heridos, inválidos y lisiados económicamente inactivos, cuyo pago de pensiones de guerra amenazó seriamente las destrozadas economías de las potencias de la Tierra que habían participado en el conflicto y que no practicaban la eutanasia con su población.
Afortunadamente para estas potencias, existía un país con las características que necesitaban. Y este país era precisamente Uruguay, que debido a sus reservas económicas y a su gran experiencia en el mercado de los servicios geriátricos, fue capaz de realizar grandes inversiones para adaptar su infraestructura y así absorber la demanda de servicios de manutención de gran parte de los veteranos de guerra. Esto convino a las potencias de la Tierra, que debían minimizar sus costos si querían recuperarse del colapso económico que siguió a la guerra e iniciar su reconstrucción, y también convino a Uruguay, que amplió su oferta de servicios geriátricos a toda la galaxia. En 2190, a una década de finalizada la Primer Guerra Estelar, la población uruguaya había ascendido a 534 millones de habitantes, y su economía crecía aceleradamente.
Al terminar el año 2210, la galaxia había cambiado por completo, pues las mejoras tecnológicas en los viajes espaciales habían permitido la fundación de colonias espaciales más lejanas y dispersas, y las potencias de la Tierra que habían participado en la guerra ya se habían recuperado. Se decía que su esplendor llegaba hasta los rincones más oscuros del espacio, porque esta fue una época llena de lujos y de gran expansión artística y cultural en toda la galaxia.
El año 2220 marcó un hecho relevante en la historia de Uruguay: su capital Montevideo llegó a cubrir toda la superficie del país. Si bien más del noventa por ciento de su población tenía más de setenta y cinco años, la nación era próspera y progresaba, estaba totalmente tecnificada, se dedicaba a la investigación científica y disponía de varias plantas de fusión nuclear. En definitiva, gracias a los servicios geriátricos que ofrecía, el país estaba pasando por los mejores tiempos de su historia.
A lo largo del resto del siglo XXIII, la galaxia fue testigo de importantes descubrimientos científicos e impactantes aplicaciones técnicas que ayudaron a elevar aún más el nivel de vida de la población. En este período África abandonó definitivamente el subdesarrollo y Sudamérica al fin fue capaz de competir económicamente con Asia, y aunque jamás igualó sus niveles de producción, en contrapartida pudo ofrecer mejores bienes y servicios. También fue durante este iluminado siglo que los representantes de distintas religiones celebraron grandes encuentros ecuménicos y firmaron importantísimos tratados religiosos, entre los que se encuentran el famoso “Tratado de Jerusalén”, que reconoció la hermandad entre todas las religiones de la galaxia, más allá de las divinidades a las que rindieran culto, y el “Anexo 27 del Tratado de Jerusalén”, -vulgarmente denominado “la letra pequeña”-, y que especificaba cuáles de todos los cultos existentes en la galaxia podían ser considerados como religiones en el contexto del Tratado de Jerusalén.
La última década del siglo XXIII se denominó “la Gran Paz Galáctica”, pues en efecto la humanidad disfrutaba de una paz duradera y tranquila. Todo estaba en orden y no existía ningún conflicto importante. De hecho, el único lugar del mundo que no estaba absolutamente en paz era Oriente Medio, debido al tradicional conflicto entre Israel y Palestina, aunque cabe mencionar que esa zona de la Tierra pocas veces había permanecido tan pacífica como en ese entonces. La humanidad atravesaba el período más próspero de su historia y cada ser humano era libre de elegir su propio destino en una galaxia inmensa y llena de misterios.
Se estima que en 2299 Uruguay contaba con una población de alrededor de mil millones de habitantes, lo que ocasionaba una densidad de población de más de 5600 habitantes por quilómetro cuadrado, cifra muy alta que debía resultar casi insostenible. Hasta hace muy poco tiempo, se manejaba este hecho como la única causa que había llevado a los uruguayos a fundar la Patria Grande el 12 de marzo de 2300. No se conocía ningún detalle acerca de la invasión uruguaya del continente sudamericano en sólo un mes, así como tampoco de su posterior anexión, la cual daría lugar a la formación de la Patria Grande. Bastaron seis años más para que la Patria Grande conquistara el resto de la Tierra, y veinticuatro años más para que su poder se extendiera por toda la galaxia.
A pesar de todos estos antecedentes de público conocimiento, no fue sino hasta hace pocos años que se encontró una explicación cabal de lo ocurrido durante los treinta años en los que Uruguay se hizo con el control hegemónico de toda la galaxia. El tema había sido el secreto mejor guardado del universo, hasta que el historiador escocés John McKenzie publicara en 2352 su famoso artículo “La Patria Grande: su formación a partir del Uruguay primitivo”, que no era más que un resumen de su tesis de doctorado en historia moderna. Hasta entonces, el tema había sido materia de investigación, debate y estudio en los círculos académicos más prestigiosos de la Patria Grande, sin que se hubiese logrado hacer ningún descubrimiento relevante.
Estas son, pues, las crónicas del célebre John McKenzie, en las que por primera vez se explican cuáles fueron los procesos históricos que llevaron a un país inviable y sin futuro como era el Uruguay de fines del siglo XX, a transformarse en el mayor imperio jamás conocido por el Hombre.
21/08/2007
La Patria Grande
Después de tanto tiempo, vuelvo a ustedes con un anuncio:
He decidido embarcarme en un nuevo proyecto literario, que consiste en la creación online de una novela que se titula "La Patria Grande", y que iré subiendo al blog capítulo por capítulo, a medida que éstos vayan quedando terminados.
La idea es beneficiarme de sus comentarios, críticas y sugerencias, que espero sean de todo tenor y calibre, para luego escribir la versión definitiva de la novela.
Al final, lo que quedará en el blog será un borrador, junto a sus comentarios.
En las próximas horas publicaré aquí el prólogo de "La Patria Grande".
Hasta pronto,
Federico Peralta.-
15/08/2007
Libertad de Expresión: ¿Mito o realidad?
Es tiempo de reconocer que todo lo que se dice y viene diciendo desde hace décadas no es más que puro marketing; una serie de conceptos falsos al servicio de la hipocresía en la cual a muchos uruguayos les gusta vivir. Todo aquello que no sea políticamente correcto, o que no esté alineado con las buenas costumbres, se minimiza, se desprecia, se vuelve objeto de burla, o en el mejor de los casos, se ignora. Y parece ser que está implícitamente prohibido ir en contra de esta corriente conservadora, porque si alguien osa dibujar algo un poquito por fuera de los límites del diseño, automáticamente es etiquetado como un loquito, un zafado, un drogado, un volado, un pirado, etc., o sea, alguien que necesita rectificar su actitud urgentemente y encauzarla por la buena senda de la normalidad.
No sólo en las artes o en la libertad de expresión se puede verificar esta censura; también aplica a otros escenarios del acontecer nacional. Por ejemplo, en la política, en el sexo, en los valores, en el trabajo, en los sindicatos, en la religión (aunque no lo crean, existen personas religiosas y liberales, que por supuesto, sufren la censura de los más conservadores), en el fútbol, en los negocios, en fin, en la vida cultural toda de este país.
Por ejemplo, recientemente, el director de la Comedia Nacional, Jorge Denevi, opinó que era necesario censurar algunos programas de televisión argentinos, argumentando que eran una mala influencia cultural, un mal ejemplo para la juventud, y no recuerdo qué otras cosas. Siempre existe una justificación noble y en apariencia correcta y justa para la censura: puede ser el bienestar cultural de la sociedad, el mantenimiento del orden, la persistencia de los valores familiares, la enseñanza de los valores cristianos, etc. Es algo que, de acuerdo a quienes practican o desean practicar la censura, es necesario, aunque no se vea bien.
Tampoco se trata de tirar todas las buenas tradiciones y costumbres, sólo porque pasaron de moda, o son algo clásico. Se trata de encontrar un justo equilibrio entre aquello que debe conservarse y aquello en lo que debe innovarse. Y esto debemos hacerlo entre todos, como país. Y para ello, hay que empezar por uno mismo, por cada persona. Tenemos que abrir nuestra cabeza, o nos vamos a hundir debido al peso de nuestra actitud conservadora.
La censura es más que nada mental. Es una fuerza castradora de la originalidad, las ganas de emprender proyectos, las ganas de hacer las cosas bien y las ilusiones. Es una de las tantas explicaciones de por qué estamos como estamos, y en donde estamos.
Mientras tanto, el Uruguay está cada vez más cerca del carajo, y sigue acelerando hacia allí...
Poema 2

el sol no penetra su manto de horror.
Sus formas me asustan y siento terror;
mi espíritu gime ante el hombre de hielo.
Nada traspasa el silencio reinante;
ni gritos ni llantos se dejan oír.
Percibo en el aire un intenso sufrir,
un dejo de angustia que dura un instante.
Tan sólo creí que seguía un impulso,
mas fui prisionero de un hado funesto.
Si evoco momentos que aún hoy detesto,
despierto al dolor de un pasado convulso.
En otros lugares
cubrí mis pesares
con nuevos azares.
Allende los mares,
en varios hogares
de extraños cantares,
personas dispares
me dieron abrigo.
Los años marcharon con lenta cadencia
en pos de un futuro sediento de paz.
Yo quise tener una ausencia fugaz;
llegar y escuchar una justa sentencia.
Los representantes
de muchos votantes
se han vuelto aberrantes.
Pues son tolerantes
con viejos pedantes,
tiranos distantes,
impunes y errantes
que están sin castigo.
Resulta frustrante que habiendo matado
no exista justicia capaz de encerrarlos;
habrá que ser fuerte y saber condenarlos
por esos que faltan y aún no aparecen.
Memoria, verdad y justicia merecen
aquellos caídos de nuestro pasado.
Evocación
Será que nunca quise creer en lo intangible, que siempre me burlé de lo místico; será que sólo había lugar en mi concepción del mundo para aquellas cosas que consideraba normales, predecibles y sensatas; será que me complacía hacer críticas mordaces sobre los torcidos inventos de la imaginación de algunos alucinados; será que me deleitaba tratar de explicar lo inexplicable del universo; será que pretendía ajustar cada cosa a la creencia de que lo complejo es efecto de causas más simples; será que el caos y el azar ganaron mi mente sin que las defensas de mi ironía pudieran actuar a tiempo; en fin, he ideado tantas explicaciones, y son tan pocas las chances de que al menos una sea cierta… Pues desde aquella noche, mi mente no ha dejado de vagar en el absurdo laberinto de mis evocaciones, y el presente se ha convertido en una evocación más.
Recuerdo que aquella noche soñé con ella. Se trataba de una compañera de liceo de la cual había estado enamorado. Su recuerdo había permanecido inalterado desde el día en que la conocí, escondido en algún rincón de mi memoria, esperando que se presentara el mejor momento para manifestarse. Y me embaucó mientras dormía, vulnerable a las bestias que acechan más allá del límite de lo concebible.
Cuando desperté, la imagen traslúcida de su rostro brillaba fija frente a mis ojos. En segundo plano aparecía el desorden habitual de mi apartamento de soltero. Desayuné rápidamente, y con la mente confusa, marché a trabajar.
Era un día nublado de invierno, húmedo y frío, apagado y gris. En el ómnibus, muchos rostros subían, a veces se detenían y luego desaparecían, y a mí me entristecía que ninguno fuera el de ella. Y a pesar de saber que era una idiotez, comprobarlo una y otra vez terminó por causarme una incomprensible angustia. Así fue que llegué a la otra punta de la ciudad, anímicamente anulado, pero dispuesto a encarar una batería de problemas informáticos cuya resolución me reportaba un buen sueldo.
Fue un mal día. No logré concentrarme en ningún momento, porque debajo de su rostro empezó a entreverse un cuerpo voluptuoso y perfecto que ya no me dejó pensar en nada. Sólo deseaba ir con ella, en vez de estar lidiando con el prototipo que al día siguiente presentaríamos al nuevo cliente de la firma.
Volví a casa sin ver nada más que sus ojos oscuros y brillantes, que nunca pestañeaban ni dejaban de observarme. Me fui a la cama sin escuchar los mensajes que había en el contestador, y sin cenar.
Otra vez soñé con ella, y creí despertar con ella, pero también era un sueño. Me desperté tarde, solo y cansado. Aunque marché al trabajo sin desayunar, de todas formas fui el último en llegar a la presentación del prototipo. Y todo salió mal: la pantalla se llenó de mensajes de error que no deberían haberse desplegado y no supe responder las preguntas del cliente, que se irritó conmigo y me habló de mala manera. Entonces me irrité con él y nos insultamos. La empresa perdió al cliente y yo perdí mi trabajo, pero me alivió no tener más cosas para hacer, así podía dedicarme únicamente a contemplar ese hermoso rostro hecho de luz suave que no habré de olvidar jamás.
Volví al apartamento, y apenas entré, la vi nítidamente, de pie sobre la alfombra que había en medio del living. El brillo traslúcido que la había rodeado los días anteriores había desaparecido, y nada podía verse detrás de su corpórea figura. Dio unos pasos y se sentó en el sofá, sobre unos almohadones que cedieron un poco. Me acuerdo que entonces tuve un pensamiento sarcástico, en el que me burlaba de mí mismo por crear una alucinación sujeta a la ley de gravedad. Pero ya era demasiado tarde, y la ironía no podía evitar que me perdiese en sus ojos profundos y en su sensual boca apenas abierta. Después de un acuerdo tácito sin palabras, me senté junto a ella y comenzamos a jugar a mirarnos a los ojos y a que perdía quien pestañeara primero. Harto de perder, me levanté y serví dos vasos de whisky sin hielo. Ambos vaciamos nuestros vasos tranquilamente, sin apuro, disfrutando cada trago. Y enseguida serví una vez más, y luego otra, y otra, y en algún momento abrí otra botella, y no paré de servir hasta que sentí su voz. Y me dijo que no quería seguir tomando, pues una mujer como ella, por más irreal que fuese, no iba a poder resistir un sólo vaso más. Le respondí que yo sí seguiría; que por más resistencia al alcohol que tuviera, jamás hubiese podido beber tanto, a no ser que me estuviese volviendo irreal, y que si ese era el caso, entonces un vaso más no tendría la menor importancia. Y arrastrando un poco la lengua, añadí que por más que ella fuese una evocación, nunca había visto mujer más bella y sensual, ni en mi sofá ni en mi vida. Esa noche le dije muchas otras cosas, y conversamos animadamente durante horas, hasta que entre bromas y caricias perdí la cuenta del tiempo, y todo se volvió un mar difuso de sensaciones y acontecimientos sin orden.
En mi memoria, rodeados del olvido, yacen las sábanas de mi cama, la intensa pasión, los cálidos besos, su cuerpo desnudo junto al mío, el recuerdo de que hicimos el amor y al concluir estábamos los dos agotados, y el abrazo final que nos dimos justo cuando nos invadía el sueño.
No sé cuánto tiempo después desperté. Ni siquiera sé si el tiempo significa algo, o si despertar tiene algún sentido. Sé que de alguna manera estoy vivo, pero mi existencia sólo tiene sentido si ella me recuerda. Cuando su mente está ocupada en otra cosa, no tengo conciencia de nada. No existo. Esto lo sé porque ella me lo hace notar a menudo, amenazándome con traer otras evocaciones al plano de su consciencia. Evocaciones que, al igual que yo, alguna vez fueron seres reales, pero ahora están condenadas a existir dentro de su torcida y alucinada imaginación.
¿Existen las casualidades? (Parte 1)
Algunas personas creen que existe cierto orden subyacente en el Universo, que explica todos los fenómenos que ocurren. Este orden ha sido expresado de distintas y variadas maneras: como un conjunto de leyes científicas, como un ser sobrenatural con características divinas, como una especie de balance entre opuestos, como un equilibrio energético, etc. Existen muchísimos intentos de explicación del Universo a lo largo de la historia, la mayoría de ellos basados en especulaciones místicas. En los últimos siglos, el mundo ha visto florecer a la ciencia, y nunca ha estado tan desarrollada y aplicada a la vida humana como en el presente. En su momento, el tema de las casualidades también preocupó a los científicos, especialmente a Laplace, que en 1819 llegó a postular: "Deberíamos... considerar el presente estado del Universo como el efecto de su estado anterior, y la causa del que le seguirá. Supongamos... una inteligencia que pudiera conocer todas las fuerzas que animan la naturaleza, y los estados, en un instante, de todos los objetos que la componen;... para (esa inteligencia) nada podría ser incierto; y el futuro, como el pasado, sería presente a sus ojos". Como se ve, este planteamiento no dejaba lugar para las casualidades en el Universo. El tipo pretendía que todo se podía determinar, una vez que se tuviesen los suficientes datos. ¿Ambicioso, no?Me temo que a pesar de lo dicho anteriormente, mi posición es que las casualidades existen. Trataré de responder al título con una visión lo más científica posible, sin entrar en explicaciones complicadas mediante fórmulas matemáticas. Prefiero adoptar un enfoque científico porque la ciencia es la única rama del conocimiento que admite que puede estar equivocada acerca de algo. Si fuera observado un fenómeno que no pudiese ser explicado mediante las leyes científicas existentes al momento, la ciencia dispone de métodos para efectuar las correcciones apropiadas.
Volviendo a la pregunta del título... Estoy convencido de que existen las casualidades, básicamente porque la naturaleza está construida sobre ellas. La naturaleza tiene dos propiedades que en principio muestran que las casualidades existen, y cómo es que se manifiestan: el azar y el caos. En este artículo divagaré un poco acerca del azar; el caos quedará para un próximo artículo.
En el contexto de la física cuántica, el azar aparece cuando se quieren hacer mediciones. Es el llamado “Principio de Incertidumbre”, postulado por Werner Heisenberg en 1927. Se ha comprobado que al medir dos o más propiedades en un mismo experimento, las partículas subatómicas tienen comportamientos no-determinísticos, o sea que ocurren “cosas” al azar. Esto no es una opinión, sino que ocurre así, se vio, está probado, y es la opinión científica en general. Al medir, siempre ocurren “imprecisiones”, debidas a los aparatos de medición, o a la desviación estándar de un conjunto de valores para una medida, o en última instancia, debidas al carácter aleatorio de la propia naturaleza. El Principio de Incertidumbre postula que aunque se dispusiera de aparatos de medición perfectos, siempre habría imprecisiones imposibles de evitar al medir simultáneamente dos o más propiedades complementarias, pues al medir una propiedad con más precisión, inevitablemente aumentará la imprecisión en la medición de la otra propiedad. De todas formas, el principio establece que estas imprecisiones están relacionadas entre sí y no son arbitrariamente grandes. Lo que hace el Principio de Incertidumbre es “cuantificar” la relación existente entre estas imprecisiones.
En su expresión más simple, lo que dice el Principio de Incertidumbre es que no se pueden medir con exactitud la posición y la velocidad de una partícula, ambas a la vez. Si se mide su velocidad (hacia dónde y cuán rápido va) con exactitud, no se puede medir su posición (dónde está) con exactitud; si se mide su posición con exactitud, se sabe en donde está ahora, pero no se sabe con exactitud ni hacia dónde va ni con qué rapidez va. Por lo tanto, no hay manera de predecir en dónde va a estar la partícula dentro de cierto tiempo, y mucho menos qué camino seguirá. Esto significa que las partículas más pequeñas del universo se comportan de manera aleatoria. Y esto es el azar mismo. Sin embargo, el azar sólo ocurre al medir; mientras no existe interferencia, el comportamiento es determinístico.
Si las partículas más pequeñas de la naturaleza tienen comportamiento aleatorio y el azar existe en escala cuántica, dando lugar a que ocurran “casualidades”, ¿por qué no pueden existir otras casualidades en la naturaleza? Es cierto que nadie las ha observado, pero sí se han observado fenómenos para los cuales no existe una explicación satisfactoria. Esa explicación puede estar en la causalidad, o tal vez en la casualidad, quién sabe…
Esta página está en inglés, pero está muy buena:
http://plato.stanford.edu/entries/qt-uncertainty/
Poema 1

tu rostro más bello has sabido esconder;
a veces te muestras siniestro y oscuro
al oír mis anhelos y tú responder.
Pues tu voz es la que habla durante mi sueño,
llevando esperanza hacia todo mi ser;
diciendo a mi mente que ya soy el dueño
del destino que un día podré conocer.
Mas despierto y se esfuma tu tenue fragancia,
quedando a tu rastra una duda infernal:
¿acaso la muerte, con lenta arrogancia,
al amor ganará en su carrera final?
Si tal suerte guardara el azar a mi vida
funesto sería mi día fatal;
rencor y amargura en mi cruel despedida
mostrarían mis ojos con frío mortal.
¡Desearía que en cambio una tierna sonrisa
brillase debajo de un dulce mirar,
llegando a mi espíritu como la brisa
que ansía un velero en la calma del mar!
Bienvenidos
Les doy una cálida bienvenida a todos aquellos que han venido a parar a este blog, ya sea haciendo gala de su capacidad para desplazarse por las profundidades del gran laberinto informático que es internet, o bien habiéndose dejado llevar por el azar (o sea que llegaron acá de pura casualidad).Les quiero contar que este no sólo es mi primer artículo en el blog, sino que también es la primera vez que escribo algo de carácter público. Por lo tanto, para aquellos que me conocen, mi debut tal vez sea tan inusual como inesperado, pero no por ello menos auspicioso. Sepan que este artículo marca un antes y un después en mí, pues a partir de ahora, no pienso parar de escribir hasta que me muera. Tal vez suene como una amenaza, pero en realidad se trata, en principio, de poco a poco ir dando forma y color a este blog, no sólo a medida que vaya evolucionando y aparezcan nuevos artículos, sino también en base al aporte de cada uno de ustedes.
Así que siéntanse con total libertad de opinar, comentar, criticar, corregir, escrachar, incendiar, o en todo caso, admirar y elogiar cada cosa que escriba a partir de ahora, incluyendo esto mismo. La idea fundamental que hay detrás de "Las Crónicas de Magnánimo" es que sea un espacio constructivo, en el que cada uno participe como mejor le parezca. Ya veremos qué sale de todo esto...
